Nada por acá. - 2016 3 31


¿Qué sucede en este otoño?
¿Cómo caen las alas sobre esta Tierra?
La ventisca y la piel charlan breve.
Los árboles se amuchan y cuchichean entre sí.
Los bosques, en otoño, son un misterio.
Los bosques, en sí, son un misterio.
Nosotros -y nuestras alas- somos un misterio
Y volar en otoño son esas hojas, que se caen y ya no dicen.
Volemos por los bosques mientras el frío deshoja este follaje.
Aterrizar en cualquier lugar y convertirse en árbol.
"Amuchar" es amar mucho.
Las alas vuelven a la Tierra
Y eso también es amor.


(Bosque de álamos. Malargüe, Mendoza, 2009).

Mil docientos. - 2016 3 29

Ayer a las cinco de la tarde llegué a Buenos Aires desde Malargüe. Viajé a dedo. Mil docientos kilómetros en algo así como una docena y media de dedos. 
Veintisiete horas. Pensé iban a ser menos. También, en algún momento, pensé que no llegaba. Llegué.
Hacer dedo es hablar un lenguaje existencial. En total soledad, en la ruta, a la deriva de la voluntad de un alguien. Un alguien que nunca se sabe quién es hasta que aparece. Ese lapso de desconocimiento total, exactamente eso es el dedo. La nada misma. El tiempo. El Sol. De vuelta, la nada. Y de vuelta, el Sol. Nada puede remarcar lo incisiva que es la presencia del Sol en la Tierra estando totalmente solo, al lado de una ruta descampada, sin ningún tipo de esperanza.
Hay mucho para escribir sobre hacer dedo. No era la primera vez que hacía pero sí fue la segunda vez que hice este exacto recorrido. La primera fue en el 2008. Algo de esta aventura buscaba rememorar y reeditar ese dedo histórico -llegué casi en el tiempo que hubiera tardado tomándome un micro-.  
Este dedo no fue mágico, fue un total misterio. Me sentí perdido dos o tres veces. "Perdido" es el momento donde ya no hay posibilidad de plan B. Una vez que entré en provincia de Buenos Aires, la cosa se puso densa en serio. Dedos que te dejan en lugares de mierda pero que aceptás gustoso porque no tenés otra. Caminar seis kilómetros una ciudad en donde sabés que realmente pueden no levantarte nunca. Con el Sol ladrándote en la cara y el incipiente delirio de que las decenas de autos que pasan y no te levantan se ríen de vos. 
Dedos de 350km, dedos de 1km. 
Dedos inversos. Esa sí que no me había pasado. Estar descansando en una estación de servicio a la una de la mañana y que un camionero venga a ofrecer llevarme a cambio de unos mates y horas de charla. Sí, por favor.
Los más gloriosos fueron el primero y el último. El primero fueron dos flacos músicos que me llevaron de Malargüe a San Rafael. Golazo de media cancha. El último fue en una situación crítica. 
Eran las once de la mañana de ayer, me habían dejado en la entrada a un pueblo llamado Tres Sargentos, ya en provincia de Buenos Aires. Era la completa nada, no había árboles, solo una curva filosa a un kilómetro que era toda mi esperanza. El Sol ya se había empachado de mí y venía de una seguidilla de dedos cortos donde estaba más tiempo esperando y saboreando ripio que viajando. Por lo tanto, mi mente estaba obstinada en que al Gran Buenos Aires no llegaba nunca más. Que cada dedo iba a ser más corto y me iba a dejar en lugares cada vez más de mierda. Fue interesante ver cómo con todos esos delirios encima, mi existencia desembocaba en que, de todos modos, tenía que estar ahí. Que había decidido estar ahí. Que quería estar ahí, viviendo esa pequeña locura rutera. Cuestión que para el último dedo paró un camión. Los camiones no suelen parar en la ruta. Se abre la puerta, me pregunta a donde voy. "A Carmen de Areco, a Luján, a Mercedes, a Buenos Aires, a donde sea que vayas". Se sonríe de mi desesperación, me mira y me dice "voy a Buenos Aires, subí". Gloria. El viaje fue un tedio. El chabón no paraba de hablar y su ideología existencial y política me dieron cáncer de oreja, al punto de pensar en bajarme antes para dejar de fumármelo. Pero seguí, por supuesto que seguí. 
El peor fue el dedo que hice a Junín. En el libro sobre hacer dedo en Argentina debería haber un capítulo escrito con tinta roja dedicado a ilustrar las bondades de NO hacer dedo en Junín. En el 2008 zafé. Esta vez no. Nunca más. En Lincoln me levantó un camión que iba literalmente a 40km/h. Hay que ser agradecido de todos los dedos pero, por un malentedido, en el momento que me subí sabía que había tomado una mala decisión. El camión me iba a dejar en un lugar pésimo e iba a tener que caminar muchísimo para llegar a un lugar donde seguramente ni siquiera me iban a a levantar. El hecho de que fuera a paso de tortuga empeoraba todo. Ver docenas de autos y camiones pasándonos. Pero faltaba la frutilla del postre: a mitad de camino le explotó una rueda. Yo, dicotomizado: "debería quedarme a ayudarlo para cambiar la rueda, al fin y al cabo él me levantó, pero me quiero ir a la reverenda mierda y que me levante un auto que vaya a 150km/h". Para mi suerte, el desenlace fue mucho peor: "seguimos con la rueda pinchada". ¿Qué es más tedioso que ir a 40km/h? Ir a 30km/h. Fue eterno. Y llegar a destino fue una patada en el culo. "Acabo de invertir dos horas de mi viaje para hacer 60km y que me dejen en un lugar donde voy a tener que caminar otra hora para seguramente esperar un par de horas más hasta que alguien se digne a levantarme en un lugar donde está prohibido parar". Y, de vuelta, lo bueno de no tener otro plan es que toda esa locura que uno vive se diluye y sedimenta en la inevitable decisión de mantenerse despierto, erguido, con el brazo y el pulgar en alto.
Y el mejor dedo fue de General Alvear a Realicó. El trayecto que hay de Alvear a Realicó es tierra de nadie, son más de 300km, se estaba avecinando la noche y cualquier dedo corto era una condena al infierno. Todas mis fichas estaban puestas en que me levantara alguien que fuera a Realicó. Para mi suerte, el primer auto que paró iba para allá. Un señor que gustaba tanto de la velocidad como de la comida. Me bajé con dos litros de mate encima y consejos para hacer conservas de tomates. Rechoncho.
De todas las experiencias de dedo se aprenden cosas. Esta fue, hasta hoy, la experiencia más tediosa. Pero honestamente, si me preguntan: lo volvería a hacer.
La foto es en Lincoln, ayer a las siete de la mañana. Estaba desayunando tierra y, sin saberlo, le saqué una foto al bendito camión de los 30km/h que me dejó en las puertas del infierno. 

Enarbolado. - 2016 3 23

En tanto veo y escucho la llanura, el silencio del valle, la transparencia del aire, cualquier cosa es algo que baila con ello. Cualquier línea, sonido, cualquier gesto o movimiento. 
En tanto estoy en dicha "nada", relajarme sabiendo que cualquier cosa va a empezar a "ser" per se. Un par de gotas no inundan el desierto pero pueden ser suficientes para hacer germinar una semilla.
Esa semilla puede no ser la semilla definitiva; lo importante es que ya es "algo" y ese algo ramifica.
Cuando el tallo haya ramificado y crecido lo suficiente, voy a tener un árbol. Cada vez que pienso e imagino, lo estoy regando.
Ese árbol podrá dar frutos o flores en segundos, días o años. Puede pasar un invierno eterno echado en un sillón. Nunca hay apuro.
Este camino es uno de los caminos posibles para crear cualquier cosa.
Entre otras cosas, este camino me gusta porque anda sin apuros, porque puedo cultivar todos los árboles que quiera; porque los árboles me esperan y, si un día decido hacerlos leña, me sonríen y se dejan hacer fuego. 
Todo esto juega y fomenta justamente eso; el desarrollo de mi capacidad de salir a caminar por el desierto, mirar la llanura y plantar árboles con cada parpadeo, respiro a respiro, silencio tras silencio.

SHIN. - 2016 3 9

Prejuicios babosos. 
Me pongo enfrente mío para mirarme sin espejos.
Los párpados se caen en armonía con las hojas de este árbol que no piensa.
Mira cosas; no las observa. No las ve. Las nota sin anotarlas. 
Nunca usaría una bermuda de jean.
No sé bien qué tienen, además de un cartel enorme que, en mi cabeza, pide que no.
Y si bien no soy un wachiturro, tengo alma de cabeza.
... Y cero miedo de atar las cosas con alambre.
Así, un día, casi me clavo una semicorchea en el ojo.
Todavía no aprendo a verlas.
Se me va el pulso por la barranca y -aunque confluya hacia el desagüe pluvial- los árboles crecen con hojas de color raro.
No es el otoño y no hay arroz con pimentón.
Hay algo de amor -aún-.

Respirar otoño. - 2016 3 1

Respirar otoño.
Hondo, húmedo y gris; las nubes filtran algo de estos rayos. Del Sol, que reflecta otros hacia sí. Y reflexiona.
Hay algo de luz en este asfalto semi derretido.
Las hojas meditan mientras nosotros todavía no nos vimos.
En lo que fue febrero lo intentamos; ahora los árboles tejen sus abrigos.
Vino marzo, quizás venga abril.
Todavía no nos vimos.
Toda la vida no nos vimos, hasta ayer.