Nueve días no hacen falta. - 2016 1 21

Estás donde menos te ves.
En el lugar más recóndito -y si es posible, en el sótano-.
Un curso que te enseñe a lidiar con quien menos podés.
Una ofrenda, unos binoculares curvos, un espejo atado a otro espejo.

Mañana. ¿Quién vas a ser mientras te bañes?
Mediodía. Los viernes todo vale.
Tarde. Pasadas las cuatro, la gota de sudor se llena de sal. De Sol. De sal.
Noche. Llegó la noche.
Y pasan los días.

...

Pasan los días y, admitámoslo; no hay mucho que haga falta. 
Una palabra, o dos, o tres. ¿Una coma? Puede ser, quizás, tal vez.
¿Una rima? Ocasional, esporádica, ya lo ves.
¿Cómo terminar esta cuestión sin algo?
Volviendo al inicio, en ausencia de final; nueves días no hacen falta.

Triple-pé. - 2016 1 12

Sánguches de miga. Casi la segunda quincena de enero y no vi un solo sánguche de miga.
No hay derecho. Hay necesidad. No hay apego. Hay deseo.
Pero no los veo.
Miro al Cielo y veo fetas voladoras de jamón. Llueven cubos. De esos cubos que encontrás en las bandejas de telgopor de cualquier 'chino'. ¿Esas que te generan desconfianza? Sí, esas.
Yo no quiero cubos de jamón. Quiero, como mínimo, la feta. Y si puede ser el pedazo entero, mejor.
El agua es queso. aMarillo.
Tantos juegos de palabras posibles.
A mar.
Amar.
A la mar.
Amarillo.
Amar y yo.
Resulta que el queso es la declaración de una temática sobre la cual, presuntamente, hay cosas para elaborar sobre la forma en que me relaciono con la acción de amar. 
... Y yo que tan solo quería jamón y queso.

El pan es lo de menos pero, si no está, no hay sánguche.
Y ese pan, esa espumosa miga, ese terciopelo al paladar, es único.
Único, como los sánguches de miga.

Nadie hablando sobre un sánguche de miga.
Yo tampoco.
Estoy escribiendo sobre ellos, mas no estoy hablando sobre ellos.
Estoy diciendo sobre ellos, pero... ¿¡Para qué tanto!? 
Todo esto habla de vos.