Gourmiau. - 2015 10 14

El juego de líneas imaginarias en los espacios crea recovecos en la conciencia. Crea zonas, áreas en donde el Cuerpo se dispone de determinada manera.
Una pared blanca, bien blanca, tan blanca hasta que ves el techo. Un techo nublado de blanco, no perfecto, ¡pero va! Al fin y al cabo nuestra mirada suele ser perpendicular a la gravedad.

Un mandala, el mandala, la mandala. Mandala. Mandala a donde la mandes. No la mandes. No tengas el control sobre ella. Dejá que la mandala mandalee sobre vos. Dale el control. Y en el medio del asunto, decíselo. Hacele perder el control diciéndole que se lo das. El control remoto. De la mandala. Que le das. Que te dio. Que se dan.

Cuanto más despacio lo hagas, más dura se va a poner. Una de esas gracias de la Naturaleza, o un tinte artístico de la misma; embellecerse con el paso del tiempo, mientras las paredes -y, sobre todo, el techo- se hace cada vez más blanco. 

O son tus nubes, de la conciencia, que se evaporan por irradiar tanto calor. Y se espejan del otro lado de tu mandala -cuando la mandás a hacer los mandados (y vuelve con olor a mandarina en las manos)-, cristalizando rocas que ya no están en tus montañas.

Mandala. Mandala ahí. Bien ahí. Mucho ahí. Muy ahí. Muy, ni ahí.
Y cuando te leas al revés, recordá. "Gourmet" se escribe con "g" de gato.

¡miau!