Seis aéme. Crónica farreta. - 2015 4 28

Once y cuarenta y dos. 
El plan es perfecto. Me plancho y eventualmente la quedo.
Cierro los ojos y dibujo pensamientos hasta que el sueño llegue.
Es una costumbre sana y tengo Alma de gato; me echo en cualquier lugar y hay altas probabilidades de que termine dormido.
Me acerco a la cama deshecha, me río de mí mismo por décimoalguna vez en la semana que recién empieza y me meto.
"Meterme" en mi cama es complejo porque no se requiere una acción concreta de quedar bajo las sábanas. Con echarse está perfecto; luego, entre el edredón mal acomodado y la sábana hecha un ovillo, más o menos la careteo.
Empiezo a pensar. 
"Evitá pensar", me recomiendan. Yo no. A mí pensar me conduce. No me enrosca, me libera. Me hace darme cuenta de las cosas. De que, al fin y al cabo, siempre está la garantía de poder saber todos los abismos posibles y saber que, aún con eso, quedan mil infiernos sin pensar. Que no puedo abarcar todo y, por ende, hay aristas o ejes de los asuntos que me competen que escapan medianamente a mi responsabilidad.
Me duermo.

Cuatro y veinticuatro.
Sabía que iba a amanecer de noche. Me despierto y no tengo sueño. No voy a hacer la misma de siempre; no voy a mirar el reloj para acunarme. Espero un rato y miro hacia adentro. ¿Realmente estoy despierto? ¿Realmente no tengo sueño? 
El tiempo pasa con acento y tilde. Me contemplo y accedo a ver el reloj. Es demasiado temprano para empezar a vivir. Las cosas todavía están oscuras. Misteriosamente, yo no tengo sueño.
Sé exactamente por qué no tengo sueño. Ayer me fui a dormir en paz.
No tuve una caída incidental, elegí irme a morir vivo, entero. 
Descansé bien; estaba cansado, el Cuerpo me pedía entretiempo. 
No tengo sueño. Dormir, en este momento, no opera como opción -ni como plan de escape-. 
Espero.

Cinco y cincuenta. 
El reloj todavía no me habla, yo quiero estar perpendicular al suelo. La cama no va más. No voy a lograr dormirme. Miro los números y me siento complaciente. 
La rutina es en tanto que la mantengo como tal. Hoy es en una oscuridad que no recorría hace meses. Es todo raro. Levantar en la oscuridad es raro. No tener sueño es demasiado raro. Despertarme con la conciencia limpia también. Ayer no maté a alguien. 
El baño sucede.
El café sucede. 
Y mientras todo esto sucede, algo me hace esperar. La oscuridad todavía me envuelve. No puedo moverme del todo cómodo en esta espesura visual. Necesito una garantía, aunque sea a medio asta. A medias. Cincuenta por ciento. Así que me echo. Grave error. Pero no me equivoco. Me echo y sucedo, como en la cama, con el café cohabitando fantasmagóricamente el aire que exhalo.
Me echo y no me duermo. Y cuando es la hora, activo. 
Son las siete. Tiene que ser de día.
Pero no.
Esto no está funcionando.
Y subo nuevamente a la cama. Ahí viene el broche de oro: no es el Sol, es mi gato. Una sentencia peluda y ronroneante a derretirme en los resortes del colchón. Se sube a mi cama, sugerente. 
A mí me pinta un rato más. 
La puta que te parió, Teo. A mí también.
Así que me dejo caer levemente, sabiendo que la caída va a durar horas. Que mi día empezó pero no empieza todavía. Que voy a quedarme dormido porque actúo como un pelotudo ante la presencia cálida y reconfortante de un gato que disfruta dormir a mi lado. Porque tengo Alma de gato.
Caigo, pero con una sonrisa. Sé que estoy decidiendo caer. No me está ganando el sueño. Al sueño lo estoy llamando yo. Hoy tampoco va a poder ser, invoco al sueño y el sueño viene sin apuro. Tiempo me sobra. Quería empezar a volver a empezar a existir temprano. Hoy no va a poder ser. 
A las seis es, ahora, demasiado temprano. Reconfiguro mi existir. Voy a tener que readecuarme a la forma en que el planeta gira alrededor del Sol en otoño e invierno. Y levantarme una hora más tarde. ¡Qué calamidad! Mi casa, una hora más tarde, es una orquesta de sonidos indeseados. Ruido a lluvia, a zapateo, a conversaciones que no quiero escuchar.
Si pretendo existir a la par del Mundo, tendré que respetar la hora a la cual el Mundo se levanta. O rogar que me crezcan orejas de murciélago.