Porquerías. - 2015 4 16

La gula te devora la administración del hambre.
Está el portero, que hace poco y nada. No tiene demasiadas ganas de trabajar. La del segundo "b" no recuerda la última vez que lo vio de uniforme. No tiene ganas de trabajar. No tiene ganas de pensar. Deja la puerta del edificio abierta, por más que el cartel implora: "Sr/a. Inquilino/a: por seguridad de todos, por favor constatar que la puerta de entrada al edificio quede debidamente cerrada. Atentamente, la Administración".

La Administración no sirve. Administrar existe pero las cúpulas siempre se queman al Sol. 
El portero no quiere trabajar. Y aunque actúe casi como marioneta de las personas que manejan los hilos de tu conciencia, no puede evitar comerse una "h". 

Los inquilinos y los dueños son una ensalada descomunal. Nadie tiene real derecho a algo más allá de lo que convenga un libreto que se escribió en sus ausencias. Y si no fuera porque el portero es el acceso directo a las facturas que nunca revisan y a las cartas que nunca leen, este estaría encerrado, maniatado, encadenado a la caldera. Quemado vivo. 

¿La caldera? No se sabe dónde está. El edificio no tiene sótano. Quizás está en lo alto. Cerca de la terraza técnica. Cerca de las antenas. Cerca del espagueti eléctrico que le da de comer a nuestros ojos.

La gula es un deseo que no existe y se sobreimprime infinitamente. Querer llenar algo que no se llena con lo que pretendemos, llevar al Cuerpo a un estado de inconducibilidad, a una quietud excesivamente físiológica que hace que pensemos más despacio -y menos articuladamente-. 

En el edificio nadie piensa, salvo cuando está roto el ascensor. Ahí, de repente, nos acordamos que estamos vivos. No nos queremos, por eso no nos miramos a los ojos.
La gula es un poco odio al propio Cuerpo. Pero un odio particular, el de querer inmovilizarlo sin matarlo -aunque acercándolo, lenta-sigilosa-rápidamente, hacia su muerte-.

La gula es poner tres adjetivos y buscar el quinto. Ya está. Ya quedó claro. No hace falta seguir.
Gula es seguir sin querer saber dónde se está.