Las hojas del Viento. - 2015 4 11

Esta hoja en la que escribo no existe en alguna parte -si bien la saco, siempre, desde el mismo lugar-.
En el momento que deja de acompañarse en el montón y sus hojas amigas le sueltan la mano, pasa a ser parte del patrimonio de lo que pasa a ser representado sustancialmente en su piel.
Es decir: el contenido va a pasar a apropiarse del espacio en sí; de su espacio y su posibilidad de existir aisladamente en materia de mensaje vil, anodino, a lo imperativo que le sea dictado -impuesto- a través de las palabras que se tatúen en su memoria.
Acá están y acá estamos, escribiendo la historia de las cosas que pasan cuando usamos el lenguaje. Yo, acá, siendo el que dice qué y vos, ahí, fijándote cómo.
¿Cómo son estos lugares? ¿Acaso nos separan?
Si esos lugares actuaran como separadores, sería difícil que alguien pueda verse en algo de sí que me representa.

Reconocer algo que se inmiscuya por fuera del sentido ridículo y antojadizo que embebe aquello que estoy significando en este preciso momento; elemento -o conjunto de elementos- que no existe, que es creado con finos caminos e hilos sintéticos, artificiales en su método -que escapa fantásticamente a su sentido de lo abstracto tras ser representado por el alfabeto- y transparentes en la forma en que enroscan el aire que asciende por el calor del humo que exhalo al pensar qué se sucede, minuto a minuto, qué pasa en esta montaña rusa que no termina de acabar, por amor a un estallido final y temor a un abrazo que le parta el Alma.

Escribir fuera de mí es poder surcar lo que creo no ser, con un abrazo, con un abrazo que me parte el Alma, que me parte al medio en mitades asimétricas. Las semillas a la espera de un amanecer que las conduzca hacia la sequedad, para ser germinadas nuevamente.