Hipoasústido. - 2015 4 10

Entrada la mañana, las pupilas se dilatan buscando al Sol.
Comienzan los barullos de la gente en la calle; los motores, principalmente, estallan en bramidos y puteadas.
Todos llegan tarde todo el tiempo.
En ese oleaje desequilibrante la música de los pájaros pasa totalmente desapercibida. 
Los ecos que reverberan en las paredes de tu conciencia retumban en una atmósfera apocalíptica que no te deja dormir ni despertar.
Estás ahí, atrapada, atrapado y tus brazos no se mueven. Tus abrazos no te llegan.
Entraste en sueños con las extremidades retorcidas en tu Ser; un camino de hormigas te visitó cerca de la madrugada y se tomó toda tu sangre.
Querer despertar de un abismo y saber que uno no da más y recién comienza la jornada.
Querés encontrar a los pájaros; con verles el color de las alas te bastaría... y no hay caso.
Sos vos quien está en esta jaula y son tus extremidades las que te imposibilitan abrir la puerta -sin traba-. 
Arriba de tu frente levita un espejo por donde contemplás el estado de tus pupilas.
El Sol ya se levantó y pega en todos tus espejos. 
Los autos te tiran con adoquines. Tenés que activar antes que el reloj comience a marcar de a dos dígitos.
¿Por qué, hace medio año, te resultaba una tarea casi divertida y hoy sencillamente no podés?
Te cuesta mantenerte en vigilia y te cuesta despertar. Como si el sueño te estuviera remontando a cierta necesidad regresiva en donde escudarte de algo que te asustó.
Cuando logres revertir ese número nueve hacia un seis, haciéndolo rotar sigilosamente, sin que se despierte, quizás vuelvas a acariciar el pasto en silencio. Antes que las pupilas se dilaten. 
Y conversar esos minutos con los pájaros. Y reírte de lo plástico que es el tiempo, aún siendo el reloj no analógico.