Cuarenta minutos para las ocho. - 2015 3 26

Las entradas nunca sobran.
Cierro una puerta y abro dos. 
El corazón me está latiendo en tresillo.

Hoy me desperté y tuve que saber que lo de ayer fue un sueño.
Hurgué en los últimos ríos, antes que se escurrieran hacia el mar, y me vi haciendo de cuenta que era otro.
Con distinta ropa, haciendo un asado, sonriendo a las cámaras.
¿Qué me pasa al despertar? Mi gato me usa de mozo, yo lo uso de despertador.
Siete y veinte de la mañana. 
¡Miaaaau!
Los gatos tienen la perra costumbre de saber que, si nos convencen de algo -tan solo una vez-, esa vez vale para todas.
Miaaau, ¡miau!
Les gusta tener la comida y el agua separados. Y, preferentemente, tomar agua de lugares novedosos.
¿Miau? Miau.
Mi gato se amoldó a mi carácter de los veintipico. Todo un aparato.
Las entradas nunca sobran. Maullar nunca está de más.
En algún momento voy a ir. Me hago el pelotudo -y el dormido- pero él sabe. Me vio moverme debajo de la frazada. Ve que respiro distinto. Ve que muevo las pupilas por debajo de los párpados cerrados.

Hoy me desperté y decidí volver a dormir. Despertar antes que el despertador fue un comienzo. Luego me ganó la gula onírica. Y, como si fuera poco, luego del mediodía pedí postre. 
La siesta es una oda a tomarse la vida con soda. De burbujas finas. Que hacen cosquillas amenas a lo largo del paladar.
El tiempo puede ser un poco tirano. La plata, un mal necesario.
En estos tiempos, yo decido que mi tiempo vale más que mi plata. 
Una vida simple donde ciertas comodidades se transformen en lujos. Poder elegir qué voy a comer, dentro de cierto abanico. Poder elegir no comer. Poder despertarme y poder dormir una siesta. Poder usar a mi gato de despertador. Poder observar el Mundo y escribir sin pensar en signos de embotamiento. Poder pensar que el pasto existe a cualquier hora. Poder elegir el Sol del mediodía.
Poder poder querer qué querer.