Tres que no hablan. - 2015 2 22

Hace unos cuantos meses tomé un colectivo; en la primera fila de asientos delanteros -los que miran hacia atrás-, estaba sentada una mujer. Una mujer joven que quizás no llegaba a los veinti-algo. Yo estaba parado en la mitad del colectivo, donde están los cinturones de seguridad para sillas de ruedas.
Jugué a jugarle con la mirada. 
La miré unos segundos y, cuando me miró, mantuve la mirada un par de segundos más, para luego dirigir mis ojos hacia la izquierda con una sutil sonrisa. Quería decirle algo. Quería decirle un par de cosas. Que me parecía muy linda. Que me atraía. Quería decirle eso sin hablarle con palabras, así que la vi y me sonreí. 
Esperé unos segundos más y la volví a ver. Me miró unos segundos y le pasó lo mismo. Sonrió y miró hacia el costado. Fuimos cómplices de nuestros sentidos.
Durante el viaje sucedieron cosas en el colectivo. Cosas que llamaban la atención de nuestros ojos. Era conectar con dichas cosas y luego volver a mirarnos. Sonreírnos. Transmitirnos dulzura. Contemplación. Atracción. Misterio. 
No recuerdo quién bajó primero, si ella o yo. Hubo sonrisa de despedida y una sensación de cosquilleo en la garganta.

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Necesito que las cosas sigan el curso más conveniente. Todo lo malo puede ser malo por instantes, hasta que comprendemos por qué no existe bajo dicho adjetivo calificativo y procedemos a observarlo en su forma. En su manera de manifestación como fenómeno aparente en nuestro sistema perceptivo. Sin demasiados simbolismos o interpretaciones. Viendo lo que sucede. 
Cuando las cosas siguen su curso se entraman espontáneamente a direcciones que tejen, con sus hilos, ropajes que abrazan al Mundo. Todo acontecer deliberado acobija la existencia. Y si hace calor, la protege del Sol.

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No sé muy bien cómo funciono pero creo tener una capacidad particular para sentir la energía de las personas. Sentir sus presencias, husmear en sus miradas. Asomarme. Ver hasta dónde se les dilatan las pupilas. O cuánto se contraen. Y me gusta desafiar a las personas a que me den un mordiscón. A ver si duele. A ver hasta dónde muerden. Necesito que las personas me muestren sus dientes. Hace un tiempo decidí que no quiero vivir mi vida con personas que creo no están vivas. Y eso es sumamente subjetivo. Pero, ¡casualidad! Comulga de alguna manera con cierta esfera de Mundo. Encuentra un lugar. Una forma de acobijar y una mirada dulce. Y eso es conveniente.

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Cuando empecé este escrito, todo lo que sabía era que quería sacarme una sensación de encima. Yo no soy el Sol y me gusta avisarle a las personas que no tengo límites... salvo cuando me encuentro con mis propios bordes.