La dirección de la tormenta. - 2015 2 23

Cada vez que hago un escrito uso un formato de fecha que incorporé hace unos años.
Pongo, en números, el año, el número de mes y el número de día.
En el final de cada título, después del último número, viene el vacío. La nada, el abismo.
Recién escribí el veintitrés y apreté la barra espaciadora. Di un espacio. Luego de escribir el día, di un espacio.
Un espacio es distinto al vacío. El espacio invita a que cosas sucedan en él -sin ni siquiera mencionar al tiempo-. 
El espacio que dejé me dice algo de lo que siento en este momento. Me siento volado y, aún así, me falta un poco de aire. Me siento atosigado.
Puedo engañarme y pensar que es el calor. Puedo pensar que es el ruido. Puedo pensar que soy yo.

Ese espacio lo figuro como el lapso de tiempo que sucede entre que se ve un rayo y se escucha un trueno. El sonido tarda en llegar, viaja lento, menos apresurado. La luz ni lo piensa. El sonido rebota de otra forma y tarda en llegar.
Ese espacio es este espacio.
Estoy tardando en llegar pero la luz está siendo emanada desde temprano. Pero tardo. Es por el curso de mi energía actual. Cuando me tocan el rancho, se pudre todo.
Se me dibuja humo alrededor de las pupilas. Mi mirada se encuadra, se encasilla y se nivela. Edifico una pared delante y otra detrás mío. Solo me puedo mover de costado. 
No sé si estoy en un laberinto pero, de ser así, soy responsable por su existencia. Soy el albañil. Soy el maestro mayor de obra. Soy el arquitecto. Manejo los planos y decido por dónde ir. Y esta es una de esas elecciones de camino, para enfocar la mirada hacia donde quiero que lleguen los truenos. 
...
Esos lugares son tan inocentes como molestos. Por eso vale la pena tronar. Y antes, mucho antes, va a haber llegado la luz.