En ascenso. - 2015 2 19

Cuando no sé muy bien sobre qué escribir, miro el Cielo por la ventana.
El Cielo siempre tiene algo para convidar. Alguna nube con alguna forma. Algún azul o celeste particular. Algún gris, algún negro.
Hoy veo el cielo azul, celeste y blanco. Y ayer estaba negro, negro como la tormenta negra que azotó con aire las paredes de lo vertical.
Las tormentas son una forma de expresividad de las fuerzas físicas que se manifiestan en el Cielo. La forma sutil en que el aire viaja repleto de elementos invisibles que se hacen visibles cuando se combinan entre sí y con otro elemento interesante; el agua.
Hace unos días imaginé algo sobre la relación entre el aire y el agua a través de la tierra.
Es fácil ver cómo el agua cae de arriba hacia abajo. Es un poco más sutil entender cómo sube. Cómo sube el agua.
Cuando el agua baja, lo hace de forma manifiesta. O, dicho en forma más precisa: cae en partículas de un tamaño suficiente como para ser vistas por nuestro ojo. 
En cambio, cuando el agua sube, lo hace de forma gradual. Las partículas que se evaporan por acción del Viento y el Sol son pequeñas, muy pequeñas y se evaporan de a una y sin ningún tipo de apuro. 
Al agua le es más fácil rápido bajar que subir. 
El agua es pancha. Tiene que juntar fuerza de voluntad para presentarse como una fuerza. Una gota de agua no es mucho, pero se asocia con otra, y otra, y otra, y forman una masa de agua. Un río, un mar, un charquito o una laguna. Una tormenta y también una garúa.
El fuego, por comparar, tiene otro comportamiento. Necesita solo un chispazo para entrar en acción. Uno solo y él mismo se encarga del resto, mientras haya socios potenciales cerca.
El agua encuentra su serenidad descendiendo hasta el último huequito. Y cuando hay que subir, sube de a poquito. Si no lo ves, mirá -un rato- un charquito.