"Ah, che". - 2015 2 7

¿Qué es no poder perenigrar con el silencio?
El silencio es la absolutez de la intuición.
Es manejar la realidad con los ojos cerrados.
Es posar la mano por donde te parece va a salir la boca del cocodrilo.
El silencio, en este escrito, no es la hoja en blanco.
Es más bien una producción sin intenciones, contemplativa y emergente.
Es una producción que puede fenomenizarse en este espacio, si me animo a dejar un surco en blanco que ponga a la persona lectora en una situación de riesgo.
¿Te animás? Acá vamos;






























¿Y? ¿Qué tal? Porque estábamos ahí, los dos.
Estábamos ahí, sentados en sillones que no se pueden mover, con inefable necesidad de mirarnos a los ojos sin decir una palabra. Y no estábamos jugando a ver quién reía primero. Y si alguien reía primero nadie perdía. 
El silencio es una instancia que no está ni antes, ni en el medio, ni después de la comunicación.
Es una línea constante que surca cualquier frecuencia emisora/receptora de un mensaje y es parte siempre de él, como el silencio siempre es parte de la música.
Pensalo: la música es a partir del silencio con que se juega, que acompaña en todo momento, haciéndose presente y ausente según lo crean necesario los intérpretes y compositores.
Bueno, con el silencio del que hablamos hay intérpretes, compositores y también espectadores.
Porque si hay algo ominoso, es que el silencio habla de las cosas que no querés que se digan en silencio.
El silencio es permitirle lugares a todo lo que no querés darle protagonismo. Son lugares que pueden incomodar si no son aceptados como tales. Como intentar luchar contra la percepción de una sensación o emoción que vive dentro tuyo. No podés negarla. O, mejor dicho, podés negarla, pero no es efectivo. Tampoco es eficiente. Implica un gasto de energía desconsiderado y constante.
Los lugares a donde no quieras viajar son, entre otras cosas, tus destinos.