No. - 2015 1 23

Una de las primeras palabras que nos enseña a delinear lo que comienza a formar la idea de 'yo' es la palabra "no".
"No" es.
El "no" implica una serie de acciones sublimes. Ante todo, nos pone en la presencia de algo objetivable que está -como mínimo- mínimamente separado de nuestro Ser. Es algo a lo que nos podemos denegar, algo que -al menos en el plano conversacional- podemos acceder para prevenir el curso de una acción o elegir otra. El "no" nos da esa opción, la de reconocer lo que está por fuera de nosotros y poder elegirlo (o no).
Decir "no" es, en parte, decir: "esto que estoy recibiendo forma parte de mi afuera. Reconozco que hay un 'adentro mío', un adentro ilusorio separado de un afuera ilusorio cuya separación radica en algo tan sutil y nimio como lo son mi piel y mi conciencia. Existe esa leve separación y está bien que así sea. De otra forma, me quedaría pegado a la realidad, o la realidad quedaría pegada a mi existencia. Esto que se me presenta es una posibilidad dentro de dicha realidad. Me hace evaluar mi persona y preguntarme si, como tal, me siento presta a aceptar dicha invitación. Y en este momento no quiero, así que no".

El "no" es un destello del borde de tu persona. Es una negación pero, más allá de lo concreto, es también un acto heroico para tu ego. Es poder separarte de las cosas y permitirte ser otro. Es un borde perceptivo, conciente y fisiológico. Porque las cosas "que no" quedan ahí, flotando, y las podés ver y reconocer no siendo parte de ellas. 

Luego, lo que cada quien haga con tus "no", excede tu piel y tu conciencia. Excede tu persona y ya es un nivel un poco más complejo. Pero no. Es complejo pero no. Porque como receptores de noes, vale la pena comprender que un "no" o un "sí" muchas veces no son algo personal con nosotros. Son una decisión autónoma del Ser con quien nos relacionamos. Y si apreciamos la libertad, un "no" es una forma posible de ser libres. Como un "sí" también lo sería. Pero es un "no". Así que "no".