Muy seo. - 2015 1 21

El curso de algunas de nuestras energías cambia cuando estas son sumergidas a determinada profundidad.

Algunas se están solidificando; eso generalmente trae temas.
Digamos que es mejor tener el Mundo en movimiento. Y para movernos hay que interactuar con los elementos que invitan a dicho movimiento.
Dejar que el aire nos surque, vivir la semana sin saber qué día es.
Dejar que un lunes sea otro día y que un martes te salpique la luz del Sol cuando te pasás un par de horas admirando líneas, formas y colores en las paredes bajo techo. Sin ventanas.
Los estados más raros son, proporcionalmente, los más raros de representar.
Es decir algo que no sabés muy bien dónde está. No lo tenés, es raro, divaga por la laguna de tu conciencia y esta laguna no tiene más de un metro de profundidad. Es suficientemente práctica para surcarla sin miedo y, aún así, para ver bien el fondo vas a tener que agachar el hocico y hundir las pupilas al menos cinco centímetros bajo el nivel del agua.
Los escritos que van hacia ninguna parte son aún más densos cuando las partes hacia donde no van, los lugares que pasan de lado y miran de reojo, son eléctricas. Brindan estática al viaje, te energizan y, a su vez, lo quieras o no, lo hacen a su manera. Porque los mirás de reojo y, si bien notás lo que pasa, no estás en ánimos de controlarlo. 

Te están preguntando por las cosas que pasan a tu alrededor y vos sentís que al omitir la Nada te estás convirtiendo en una. Así que la blanqueás. Las "nadas" tranquilamente pueden ser blancas.
Las blanqueás, las remojás, las enjuagás, las ponés a secar al Sol. Quedan con olor a jabón en polvo.

Anteayer fui un "no". Ayer existí unos metros por debajo del suelo, en un lugar que me hizo pensar la forma en que una persona -como vos, como yo, como ella, como él- mira y observa algo que está ahí para ser observado. 

Estos escritos se encuentran cuando sumergís la cara y rasqueteás, con ambas manos, el fondo de la laguna. Preguntás qué hay, sabés que hay algo, pero para saber qué es lo que hay tenés que palpar. Y para palpar tenés que posibilitar que, lo que creas, se ponga en suspenso. Y para ponerse en suspenso, una opción es jugar a esquivar los rayos del Sol.

Cuando vuelvas a la intemperie, cuando tu cara emerja de la laguna, cuando quieras volver a respirar aire, el Sol va a estar ahí, brindándote una sonrisa cómplice porque te vio nacer. 

Hoy las nubes se fueron a otro lado. Quizá se van a las paredes, a pintarlas de otros colores.