Los barcordes. - 2015 1 1

La música es una sucesión de sonidos y silencios.
Como hablar, que no es sin pausas, sin retenciones, sin miradas.
Los sonidos te miran cuando los producís y te preguntan hacia dónde vas a ir.
Con tus dedos, con tus pulmones, con el Cuerpo, decidís.
Decidís a dónde ir. Para qué lado caminar. Y ejecutás. Y te fijás.
¿Va o no va?
Va, sigo por acá, pruebo un poco más.
No va, pruebo por otro lado.
El Viento te ayuda porque -valga la redundancia- te sopla cosas. Y es lo que, al fin y al cabo, en menor o mayor medida, hace que lo que vas probando llegue a tus canales auditivos.

Para hacer música podés precisar cuerdas y podés prescindir totalmente de la cordura.
La música no tiene sentido, aunque lo tenga. Es un momento enigmático donde, a pesar y a través de cualquier pentagrama, la música no existe hasta que está hecha. Y ese momento es único e irrepetible en todo momento.

Los acordes son tonos melódicos de las cosas que vivís en la vida. Cambiás una nota y ya te suena a otra cosa. A algo más nostálgico, a algo más tierno, a algo más caótico, a algo más divertido.
Con solo cambiar una nota podés cambiar todo el sentido de la música.
Y cuando solo tenés dedos por usar y poca noción de lo que estás haciendo, hacer música puede ser un viaje en un barco a través de un océano de aventuras. Las notas que elegís erigen olas que te llevan, en vaivenes, hacia tales o cuales lugares. Y a veces encontrás una costa y la quedás. Un ratito. Por amor a profundizar algo que sentiste, algo que viste, algo que se dio. Y después, seguir viaje.

La música es viajar por amor al movimiento.