El culo te llueve. - 2014 12 3



Algún día vas a querer salir a la calle a comprar nimiedades y te vas a dar cuenta que el asfalto se convirtió en pasto seco.
La ciudad va a haber dejado de existir y cuando mires hacia el Cielo vas a poder notar todos los tonos amalgamados del blanco de las nubes.
Vas a poder notar el suspiro y el movimiento respiratorio de las aves.
El pasto seco no es una mala señal. El Sol está rajando tanto la Tierra que ésta tiene que avisarle a los seres vivos que la queden un rato hasta nuevo aviso.
Por eso la ciudad deja de existir por un momento. Por un momento indefinido que surca tu existencia a través de un camino específico y determinado. Con espacio y hora límite. Limítrofe con la frontera de la marginalidad porque no podés decirle a las Almas carentes de sentido que la calle no existe. No podés pedirle al perro que es paseado por su amo que le enseñe a su amo a llevarlo con gracia.
No podés pedirle a todos los gatos de todas las esquinas que se dejen acariciar. Y los gatos no quieren saber demasiado con el pasto seco. 
El pasto seco invoca una lluvia que solo puede salir del lugar más oscuro de tu existencia. 
Un agujero es una cosa que se define por su profundidad y sus bordes. Tiene que tener borde para saber desde dónde arranca. Y tiene que tener algo de profundidad. Algo, un poco, tiene que ser tímidamente hondo. Puede ser un agujero en cualquier dirección. Hacia arriba, hacia abajo, hacia los costados.
De un agujero profundo de tu existencia va a llover una bocanada de quilombo que le va a decir poco y nada a la raza. Es que, como raza, no sabemos interpretar. No sabemos interpretar o no queremos interpretar, o no tenemos tiempo para interpretar los mensajes que nos manda el Viento. Menos que menos el cifrado técnico que componemos con este instrumento corpóreo llamado Cuerpo.
En la lejanía de un pasto seco en el medio de la ciudad, tu culo hace ruidos avisando. Se viene la lluvia.