Seis minutos para mirar naranja. - 2014 11 11



Los números en secuencia pueden ser divertidos.
Hoy es once del once. Fonéticamente no suena tan divertido como resulta ver todos esos "uno" -cuatro, para ser desprolijamente precisos- uno al lado del otro.

Con las letras yo me imagino cosas.
Con los números también.

Dos. Estoy jugando a escribir lo que me dure un minuto en las manos. Este lo empecé medio de reojo, quizás me dura un poco menos que "un poco", no lo sé. 

Tres. Eso fue rápido. Un tres me recuerda a la figura de tresillo. Un número tres es parecido al símbolo del "Om". Tres es agarrar una nube y ponerle un anillo en el medio. O no. Tres es un número que me satisface más de lo que puedo imaginar. Es "uno", "otro" y también "alguien más". 

Cuatro. Es un número clásico. Un poco menos sociable que el dos, un poco más familiar, es un número que trae aparejada la concepción arquetípica de "grupo". En general "grupo" son "cuatro". "Tres" son un trío, "cuatro" ya es "grupo". Sí, no, para mí tres también es grupo. Pero estoy hablando de arquetipos.

Cinco. Las nubes hoy se ven naranjas. Estoy mirando a través de un vidrio que está camuflado por una cortina. La luz del Sol está camuflada entre nubes que se solapan. El tiempo corre sin importar cómo, porque hoy yo corro con el tiempo y ayer ni siquiera existí.

Seis. Eso fue casi mágico. Le puse punto al "existí" y el ocho pasó a ser nueve. Doce y cincuenta y nueve. Los nueve son números completos. El diez es un número falso. El nueve, para mí, es la perfección. Y la perfección es casi como el Cielo. Está ahí, existe y al mismo tiempo no es Algo.