La locura. - 2014 10 3



Mi locura tiene algo.
Cuanto más desenfocada está, más hace foco en mi vida en situaciones particulares.
El foco es algo simple. Es enfocar, concentrar la mirada.
Yo ando por la vida con mi locura en la mochila. En la mochila donde llevo las cosas de mi vida. Esa que está por ahí arriba, por abajo también, que tiene bolsillos en mis brazos, que tiene compartimentos secretos y un cierre medio ruidoso. 
La locura está siempre ahí y viaja hacia los espacios en donde me sumerjo. Y cuando me sumerjo en un espacio es como cuando llevás un animal a un lugar donde te piden que la o lo cuides por amor a las instituciones. 

Señor, por favor, controle su locura.


Te pedís el primer café y empezás a ver cómo la mochila se empieza a mover. Empezás a gotear sudor por la nuca. Te levantás un ratito porque seguro que, si no le prestás atención, el oleaje se amansa. Mirás los cuadros que hay en el espacio, volvés y te volvés a sentar.

Está todo tranquilo. La mochila por ahora se aquietó.
Tomás un sorbo de café y ¡la puta! Ahí se está moviendo de vuelta, la muy turra. ¿¡Qué hago!? A ver, me levanto un poco más. Además el sudor hizo experimentos de clonación desde la nuca a la frente y se me están empezando a poner llorosos los ojos. Tóor.
Me levanto y voy a preguntarle una nimiedad a la persona que atiende la caja. Le sonrío para conectarme con la tierra, para desabrocharme la mochila que dejé debajo de la mesa. Le sonrío para tener un instante de presente que me haga olvidar la 'mochilez' de la mochila. Le sonrío y la persona de la caja me sonríe con una sonrisa preocupada.

Señor, ¿es esa su locura?


No. Sí. Uy... sí. Uy, perdón, tengo que ir a ver. La mochila se está sacudiendo de vuelta. Como la dejé abajo de la mesa está haciendo temblar la mesa. El café que dejé por la mitad se está tambaleando y está salpicando a las mesas a mi alrededor. Las personas miran la mochila y me miran a mí a través del aire que surca la loma que diagraman al posar su mirada un par de centímetros por encima de los anteojos que visten. No sé qué decirles. Les hago gesto de "sí, perdón, ahí voy". 

Vuelvo a mi mesa y el sudor de la nuca ya me está empapando el culo. No sé qué hacer. Tengo la mesa vibrando, si le pongo las manos encima quizás se abra la mochila. Por otro lado, el café está ahí. No solo lo quiero tomar si no que, en el interín, le está bardeando el rancho al resto de los clientes. No sé qué hacer. Me la juego. Apuesto y tiro un manotazo a la taza. La agarro. ¡La agarré! Bien. Agarré la taza de café. No la puedo tomar. Me doy cuenta que no la puedo tomar. Tengo mucho calor. El sudor me conquistó. Me sedujo hasta la última gota. Se me pusieron los ojos llorosos.

Señor, ¿se encuentra bien?


No entiendo a quién le dicen señor. Yo no soy un señor. ¿Quién es un señor? ¿Qué es un señor? "Señor 'esto', señor 'lo otro'". ¿Qué cosas señorales hace un señor para autodenominarse como tal? Yo no quiero ser un señor. No sé cómo ser, ¿y voy a pretender ser algo? Paremos un poquito la calesita. La calesita que se mueve y gira. Como la mesa. ¡Uy! ¡La mesa! Cierto que tengo el problema de la mesa. O la mochila. A este punto la mochila hizo que la mesa se mueva medio metro hacia adelante por su acción vibrante. El borde de la misma está traqueteando y chocando con la mesa de una mujer de unos cuarenta años quien también me mira por sobre el marco de sus anteojos. Pero me mira a mí, no está mirando la mochila. Me mira a mí y me está preguntando algo. Sé cuál es la pregunta. De hecho, sé también la respuesta. 

"Ya va, ya te contesto, vos sabés que sí porque te lo estoy diciendo. 
Por favor, bancame un segundo, que no sé qué hacer con esto".
Digo "esto" con la mirada y la mochila se abre.
La mochila se abre y pasa lo peor. Pasa absolutamente nada.
Esperaba el horror, esperaba la criatura salvaje de mi locura revoleando café y puteando a las personas de la caja. Tocádole el culo a la mujer de cuarenta años mientras esta se muerde los labios de placer, meando en el lavatorio del baño de mujeres, comiéndome las servilletas. Tratando de fumar una medialuna. Pegándole cabezasos a la puerta de vidrio para ver qué se rompe primero, si la puerta o mi conciencia. No pidiéndole permiso al mundo para ponerme en bolas y en cuclillas arriba de mi mesa. 

...


No. La locura me caga. Me hace poner más loco. Me dice que no está ahí. Que eso que todos vieron no existe. Que quizás todos esos que vieron eso que vi y no existe, no existen. Me hace pensar que la mujer de cuarenta años no existe. Que la persona de la caja no existe. 


...


Me hace pensar que todo no existe.


...


>solloza un llanto casi inaudible<


...


La locura es el silencio que los demás no escuchan.