Creo que voy a miau.

Ayer me acosté pensando en una cosa.
En una cosa que no es de color rosa.
Sí, es de color rosa.
Es una cosa que es maravillosa.
Y también no es maravillosa.
Es miauravillosa.

Cuando escribo, las situaciones del Mundo de las cosas mismas se entrelazan y adquieren un grado de separación sutil con la quietud del tejido terrenal. Yo le doy 'play', aprieto un botoncito, subo un poquito el volúmen y listo. Ya está. Vos flasheá, pibe, vos flasheá. Pero la escritura no tiene necesariamente que ver conmigo. Conmiego. Con mi ego. No. Ya sé. Ya sé que pareciera que sí. Primero y, ante todo, porque el que escribe soy yo. Y para escribir uso mi ego, sí. Pero no. Quien escribe no es solo mi ego. Por eso le doy 'play' y me olvido. Por eso no necesito algo. Algo de la forma de escribir tiene que ver con echarse un pato a la naranja en el medio del sillón más lindo de tu living. Ese que tiene la tela más jodida de limpiar. Ese que no querés que se ensucie. Es vomitar ahí. Es agarrar toda la miseria y dejarla fluir de manera inconciente. Sí, ya sé, tengo que pensar. Tengo que elaborar pensamientos o frases medianamente coherentes (aunque esto cueste un poco, a veces). Pero escribir es lo mismo que imaginar.

¡Ahí está!

Escribir es lo mismo que imaginar.

Es algo que me pasa asimismo cuando relato algo en forma improvisada. Yo no sé qué va a suceder. No sé qué viene. No sé a dónde voy. Sé cómo es mi instrumento y ya. Después lo que pinte decir quizás no tiene demasiado que ver conmigo. O sí. No es el punto. El punto es que frente al momento de surgimiento de algo, el Mundo se transparenta, se desinvisibiliza. Adquiere un tinte que te permite verlo atravesando sus finas capas de cebolla. Y es una cebolla copada, una que no te hace llorar. Una cebolla morada, que tiene su componente ácido al mismo tiempo que tiene su componente dulce. 

Y es confundir 'agridulce' con salado + dulce. No, no. Agridulce es ácido + dulce.

Agridulce es ácido y dulce.

Ácido y dulce.

Ácido.

miáucido