Jajajá. - 2014 8 13

El arte es la forma más sana de estar loco.

Yo soy obsesivo desde bastante pequeño. Construí formas de interpretar el mundo y actuar en la realidad que yo denomino "mecanizadas". No me refiero a "patrones" de conducta, que son normales en los seres ordinarios que habitamos esta tierra. No. Me refiero a que mi cuerpo funcionó rato largo como una máquina. Y una máquina no piensa. Recibe una indicación de "cómo es" ello que debe hacer y ello hace. Curiosidad, lo hace sin Ello. No hay deseo, o está aplastado entre todos los engranajes que son aceitados periódicamente por el discurrir analítico.

Aprendí que hay tiempos para todo. Que las cosas se hacen "así" o "asá", pero que se tienen que hacer de determinada forma. Es decir: encapsulé la forma. Le di básicamente dos posibilidades de ser. No importaba que una fuera la mía y la otra no, porque con una sonrisa desaprobadora aprendí también a que yo siempre tenía la razón. Porque yo soy razón. Porque las cosas son así.

A lo largo que fui creciendo esa locura en mí se proyectó mucho en la forma de expresarme artísticamente. Un obsesivo no dibuja un dibujo ni pinta un cuadro. Piensa un dibujo, lo critica mientras se critica a sí mismo. No pinta un cuadro, se queda tres horas pensando cómo tendrían que ser los colores que debería usar para representar eso que raramente quiere expresar. Y termina expresando todo lo contrario. ¿Formación reactiva? Bien, gracias.

Mis dibujos eran un esquema de no-lugar. ¿¡Qué!? Sí. Un lugar donde no había lugar. Mis expresiones eran un manto de control sobre mi personalidad. No había lugar para tan solo ser. Había lugar para ocurrir pero la existencia tenía que esperar. Las raras veces que intenté dibujar rostros humanos me salían con una mueca mecanizada que me hacía morir por dentro. Una mezcla de mirada angustiada en los ojos y una torcedura inexplicable en la comisura de los labios. La mirada hacia el espectador, como pidiendo ayuda. "Sacame de acá, por favor".

Crecí, sí, crecí y sigo siendo obsesivo, pero no tanto. O sí, un poco, pero con cosas que ya me parecen irrelevantes. Lo cual es loco, porque que esas cosas sean irrelevantes justamente me conviene. Me conviene porque como buen obsesivo, me encantan las cosas a las que les doy importancia metiendo que de todos modos para mí no tienen relevancia. Y me conviene porque si las cosas no tienen relevancia, el Mundo no me hincha las pelotas y puedo ser un obsesivo de mierda y sentir ese extraño placer de hacer las cosas "de tal modo" con cosas que no tienen relevancia.

Crecí y empecé a ver, primero, que estaba completamente loco. Que los tiempos no cierran, que los espacios son abiertos y, principalmente, que los otros no son como yo. ¿¡Cómo que no son como yo!? Pero si esto es tan perfecto, tan práctico, tan lógico y tan lamentable.

El camino de la obsesión absurda hacia cierta liberación -que sigue hasta el final de los tiempos- lo dejo para otro momento. Lo que me importa es cómo mutó la forma de expresar esa locura. Fuera una hoja cuadriculada dibujada con cuadrados superpuestos o un espacio amorfo en donde nunca intenté dar un sentido más que con elegir determinados colores.

Y es que la locura acompaña siempre y la mejor forma es vomitarla. Vomitársela al Mundo en forma de arte. La expresividad en el arte por medio de la locura es el eje de pasar de ser "un enfermo de mierda" a "un loco".

Un locro. 

Lo que mejor me muestran las personas que quiero es que estoy loco. Y el espejo que te devuelven te habla sobre tu forma de la locura. Te acepten o no, te rechacen o te tiren un balde de pintura hirviendo en la cabeza. Te quieran usar de monito tití para su entretenimiento o amen tu locura porque entienden que es una forma de ser libre -o, al menos, intentarlo-. 

Y el arte es inofensivo. El arte no mata. El arte no pretende. Y todavía más: el arte no busca. Me cago en la gente que hace arte para buscar "algo" que está por fuera del hecho de hacer arte. El arte se hace por amor a sí mismo, a ese momento de expresividad, a lo que queda extrapolado, transmitido, amor a uno y al otro, pero nunca pretensión. Sí, existen los regalos y el arte siempre es simbólico "para". Pero el arte es, ante todo, una expresión de deseo en donde uno puede mirar y reírse sabiendo que los demás no entienden. Y que no interesa que entiendan, porque sería egocéntrico pretender que lo que hago yo sea interpretado de mi misma manera por alguien que es distinto a mí. Y también sería egocéntrico ofuscarme por pensar que está interpretando otra cosa. El arte es "este es mi mambo y cada uno haga lo que quiera". Reír, identificarse, no entender un carajo, preguntar, emular, reflexionar, tratar de comprender, desacreditar, disimular. Está todo bien y parte de estar loco es entender que todo es posible. Lo peor que podría pasarle al arte es pasar desapercibido. Porque si algo busca -y si algo busco- con lo que hago, es justamente revoleárselo de un abrazo al Mundo, porque contárselo al Aire es una forma de sentirme libre. O al menos intentarlo.

El arte es una forma de contarle al aire del Mundo que tu locura es sin explicación ni pretexto. Que es tu sentido en estado más críptico y no pretendés algo de alguien. Y, de hecho, una linda intención es poder decir: "Bueno, ahí está. Esto que sentía, esto que reflexionaba, esto que pensaba, está ahí. No sé bien cómo, pero está ahí. Me acompañó y fue motor de lo que fui creando y se convirtió en la obra".

El arte es una necesidad que tenemos de contarle al Mundo nuestra locura sin pretender que la comprendan.


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Bueno, ahí está. Esto que sentía ahora está ahí. No sé bien cómo, no sé bien si realmente "sí", pero ahí está y es esto. Mañana vendrá más.

y más "---"

Hace muchos años, mientras despertaba mi locura, un día, flasheando, me pregunté cómo sería reírse con tilde. Probé de reírme con tilde frente a unos amigos y, irónicamente, estallé de la risa.

Volviendo a lo nuestro: el arte nos hace libres.