2011 3 9

Vuelta por Villa Urquiza, empezando a las 21.40. Voy hasta Combatiente de Malvinas y Alvarez Thomas, saco la conga y la afino. Toco 10 minutos en el pasto. Sigo camino, llego hasta Triunvirato; corso. Camino por el corso, alguna que otra alma bella me llena de espuma, llego a "esa plaza que queda en esas calles que no me acuerdo nunca". Saco nuevamente la conga. Toco... hace calor, estoy transpirando mucho pero no me importa, el ritmo me está llevando y yo sigo tocando. Se acerca el primero de los dos personajes de mi noche: Juan José Montalbán. Presunto periodista, actor, músico corista y médico. De ese tipo de personas que cuando está empedo e hizo algo relacionado con lo que estás haciendo -y sobretodo, si es más grande que vos- tiene la necesidad de demostrarte quién es y todo lo que sabe. Pero buen tipo, o mejor dicho, un pobre tipo (no por su actitud, sino por su relato de vida; echado de su casa hace tres días). Toco, él canta; canta muy bien, le creo que cantó en el coro Kennedy. Juan José me da ganas de escuchar. No le hablo mucho, pero sí lo escucho. Él me cuenta, un poco de su vida, en esa pseudo-terapia de ritmo y vibración, mediante la cual se deja llevar y habla, habla, habla. Llega un punto en donde me quiero ir, nos despedimos, me deja su nombre ("Me vas a encontrar en todos lados, soy el primo del actor tucumano... nada más que él era Montalván, con 'v' corta"). Camino sobre mis pasos, paso nuevamente por el corso -hay menos gente-, llego nuevamente hasta Combatiente de Malvinas. Me siento en uno de los bancos, saco la conga, toco 2 minutos y se acerca el segundo personaje de la noche: un niño de unos tres o cuatro años, creo que japonés, muy sonriente y con ganas de embestir mi conga con sus manos. Le libero la zona pero no se anima. Lo aliento, parece tener 'cosita'. Finalmente, tras una serie de muecas, alientos, pruebas y sonrisas, empieza a tocar. Toca, toca, toca; ríe, ríe, ríe. Toca un buen rato, yo no le voy a decir que pare, me relajo y lo escucho. De tanto en tanto lo aplaudimos (junto a la otra gente que anda por ahí), él ríe y sigue tocando. Cuando finalmente decide dejar de tocar, vuelvo a tocar, pero ahora con el recuerdo de sus manitas jugando sobre el parche sintético. Toco, toco, toco; río, río, río. Una pareja me felicita, sonrío. Me siento el niño. Toco, toco, toco; río, río, río. Se acerca un grupo de pibes al lado mío, no me hablan pero parecen sentirse a gusto con mi ritmo. Toco, toco, toco; río, río, río. Son las 0.33. El tiempo pasa rápido cuando la paso bien. La semana va a empezar corta. Y yo, me le animo a la conga.