Salir a tocar, para mí - 2011 5 23

Hoy fui a La Redonda a tocar un rato; me gusta la avidez que es 'estar' 'así', de esa forma, brindándole algo al momento, al presente y lugar elegido. También me gusta dejar impregnarme de color por las personas (y los personajes) que avecinan la cabecita, con sonrisas, manos o miradas. Hoy, entre otros, se me visitó un tipo en una silla de ruedas, sin una pierna, con una mirada algo perdida. Es tonto para mi mente cínica pensar que lo primero que pensé es “un tipo en una silla de ruedas, sin una pierna”, pero mi realidad pasa primero por mis ojos y eso fue lo que vi acercarse. Él tenía la mirada algo perdida, se acercó, a mi lado, mientras yo tocaba y me miró. Me miró pero sentí que no me estaba mirando, sino que estaba mirándome para ver qué había ‘ahí’. Claro que yo lo estaba mirando, también, y compartimos la mirada. Y lo invité, con la mirada, a que toque él también. Tocó, y por alguna extraña razón, mezcla de inocencia, prejuicio, alegría y dolor, me sentí feliz. Tocó mientras yo seguía tocando, tocamos algo, juntos; una tontada, unos segundos inconclusos y desprolijos, pero fue lindo. Me hizo recordar por qué me gusta tanto salir a tocar.

De la plaza, a la plaza. - 2011 4 16

Ayer, en una ensalada de Miles Davis, birras y maníes, me dio el impulso de salir a tocar. Hacía mucho no salía de noche, y para reverberar –no tan- viejos viejos tiempos, me fui para plaza Armenia. Con el frío las almas empiezan a escasear en la plaza, la gente opta por un lugar más cálido y, por qué no, cómodo. Mi conga ahí no tenía lugar, era como estar tocando para el piso; no había oído ni había ojos, era hasta yo solo, sin la conga. Tras una breve llamada con Mariano, me pareció que lo mejor era ir a plaza Serrano.

Plaza Serrano está bueno pero siempre está lleno de gente. Pero fui, fui, llegué y me puse a pelotudear. No tardó en caer Guillermo, el primer compañero de la noche. Guillermo, que toca la viola como yo toco la conga: “así, fui aprendiendo, tocando de acompañamiento, cantando”. Hacemos algo, está bueno, hacemos más, sale aún mejor. Se copa la denominada ‘mujer que vive en otra dimensión’, una flaca copada, cuyo autoreconocido delay en la comunicación distaba de pensar que estaría fumada y me acercaba más a la idea de ‘otra galaxia’. Toco, toco, a los diez minutos se acercan otras dos mujeres, según recuerdo “Anita” y… la otra chica no me acuerdo, ‘la chica de la boina violeta que se puso a bailar’. Es una alegría que a la gente le guste mi vibra, mi música, mi ritmo, porque mi ritmo –descubro cada día- es una de las partes más esenciales de mi cuerpo. Baila, baila, baila.

La gente se va agrupando; cuando llegué a la plaza, estaba vacía; ahora claramente la gente se agrupa alrededor de nuestro mini-grupo y eso me da satisfacción. Claro, en buena medida por ser el protagonista y recreador, pero la mayor satisfacción es que se dejan inundar con los retumbes. Se va poblando la cosa, llega más gente y se ponen a bailar. Creo que el momento glorioso fue cuando se vino la compañera del chileno (no tengo otra forma de llamarla, nunca nos preguntamos los nombres –ni es necesario-) con su djembé, y… claro, como todos podían imaginarlo, fuimos gestando, de a poco, viajes de trance, hipnotismo y vibración. La conga y el djembé pasaban de mano en mano, hacia los que ‘sabían’ o ‘se animaban’ (¡qué sería todo esto sin las personas que simplemente se animan! Por mi cuenta, no estaría escribiendo esto) y los ritmos brotaban apasionados. Reminiscencias a ritmos tribales, un claro ritmo rapero, un poco de Compay Segundo, Divididos, hip hop y lo mejor de todo, flashear. Entre manos y manos, estuvimos desde la 1.30 hasta las 5.30. Plaza Serrano… volví, y el frío solo va a hacer que cada vez tenga más ganas.

TOCo - 2007 7 9

Partículas de hidrógeno y oxígeno se mezclaron con átomos de carne estirada.

Su risa se burla, ella es vegetariana.

En ese entonces Dios (a) tiene el fundamento para todo. Ella es vegetariana y yo, carnívoro.

Por lo tanto mi sangre recorrerá mi cuerpo enervándolo hacia el rubor. La poca cara que puede tener un animal en acción (erección) con sus vasos dilatados dan como resultado una perfecta sensación de piel rojiza.

No hay testigos: él no sabe otra manera de esconderse que… bajo la piel.

Se intenta bajar el telón.

Se sube nuevamente el telón.

Herencia de las herencias, color de pelo, nariz, costumbres.

“Si algún día soy como ella, me sacan a patadas en el culo”, dijo alguna vez ell(a). Pero ella sabe que su eco en ell(a) es inevitable. Por eso lo lleva por el mejor camino posible: la sorda locura.

Bola que se guarda niños en sus bolsillos simplemente “doblándolos” desfigura la inocencia de la carne permutando un anillo de bronce por toneladas de arbol fragmentados. Reviven en carne y hueso ajenos, impulsos desencadenantes en él -y cualquier protagonista de dichoso camino- de la obsesión.

Persona a-personal se siente aturdida: ¿de dónde viene todo esto?

Practica una y otra vez efecto. Ahora lo entiende todo: la herencia es la repetición. La obsesión se transmite de generación en generación… ahora es su turno. Está a escasos años de distancia de la ceguera.

Se intenta bajar nuevamente el telón. Telón no baja, queda a cinco centímetros del suelo.

Se sube nuevamente el telón.

Escena del crímen. Ser hecho se transforma en hacer. Injurias mezcladas con provocación. La locura viene de ambos lados, no se sabe hace cuánto. Carnaval. Fiesta. Escenario perfecto para la matanza de mi ignorancia, por y para siempre.

Izar la bandera. Su tejido es de mi territorio. La curiosidad guía la batalla. Finaliza con altas dosis de onirismo. El soldado se queda tieso en el campo de batalla, ignorante, mientras el Sol trata de darle una pista. Es tarde: lo han visto. Ahora aquello que sólo pasaba (aquí), ahora comienza a confirmarse allí. Imposibilidad de escape. Entregado, comienza la obsesión.

Intentos de repetir el acto… fallidos. No se puede bajar el telón. Cinco centímetros del suelo.

Escena queda vívida y abierta. Curará solo si me vuelvo ciego. Pero es imposible no olvidar lo que ya vi. Pero es imposible no olvidar lo que ya vi. Por ello volverme ciego me vuelve más vidente. Ahora tengo que convivir con esas únicas imágenes que quedaron fijas en mí: las imágenes que me condenan a estar desmembrado en esos aspectos de los cuales puedo escribir palabras, dando vueltas, sin llegar nunca a una exacta conclusión… porque no estuve allí para verlo con los ojos que me ven hoy.

2011 3 9

Vuelta por Villa Urquiza, empezando a las 21.40. Voy hasta Combatiente de Malvinas y Alvarez Thomas, saco la conga y la afino. Toco 10 minutos en el pasto. Sigo camino, llego hasta Triunvirato; corso. Camino por el corso, alguna que otra alma bella me llena de espuma, llego a "esa plaza que queda en esas calles que no me acuerdo nunca". Saco nuevamente la conga. Toco... hace calor, estoy transpirando mucho pero no me importa, el ritmo me está llevando y yo sigo tocando. Se acerca el primero de los dos personajes de mi noche: Juan José Montalbán. Presunto periodista, actor, músico corista y médico. De ese tipo de personas que cuando está empedo e hizo algo relacionado con lo que estás haciendo -y sobretodo, si es más grande que vos- tiene la necesidad de demostrarte quién es y todo lo que sabe. Pero buen tipo, o mejor dicho, un pobre tipo (no por su actitud, sino por su relato de vida; echado de su casa hace tres días). Toco, él canta; canta muy bien, le creo que cantó en el coro Kennedy. Juan José me da ganas de escuchar. No le hablo mucho, pero sí lo escucho. Él me cuenta, un poco de su vida, en esa pseudo-terapia de ritmo y vibración, mediante la cual se deja llevar y habla, habla, habla. Llega un punto en donde me quiero ir, nos despedimos, me deja su nombre ("Me vas a encontrar en todos lados, soy el primo del actor tucumano... nada más que él era Montalván, con 'v' corta"). Camino sobre mis pasos, paso nuevamente por el corso -hay menos gente-, llego nuevamente hasta Combatiente de Malvinas. Me siento en uno de los bancos, saco la conga, toco 2 minutos y se acerca el segundo personaje de la noche: un niño de unos tres o cuatro años, creo que japonés, muy sonriente y con ganas de embestir mi conga con sus manos. Le libero la zona pero no se anima. Lo aliento, parece tener 'cosita'. Finalmente, tras una serie de muecas, alientos, pruebas y sonrisas, empieza a tocar. Toca, toca, toca; ríe, ríe, ríe. Toca un buen rato, yo no le voy a decir que pare, me relajo y lo escucho. De tanto en tanto lo aplaudimos (junto a la otra gente que anda por ahí), él ríe y sigue tocando. Cuando finalmente decide dejar de tocar, vuelvo a tocar, pero ahora con el recuerdo de sus manitas jugando sobre el parche sintético. Toco, toco, toco; río, río, río. Una pareja me felicita, sonrío. Me siento el niño. Toco, toco, toco; río, río, río. Se acerca un grupo de pibes al lado mío, no me hablan pero parecen sentirse a gusto con mi ritmo. Toco, toco, toco; río, río, río. Son las 0.33. El tiempo pasa rápido cuando la paso bien. La semana va a empezar corta. Y yo, me le animo a la conga.