Hace un tiempo vengo viviendo algo que me complace; cierta... ¿idea? No, ciertas cuestiones, ciertas formas; sí, formas. Formas de... de vivir el cuerpo, creo.
Ayer pensaba la manera en que empleamos determinadas palabras para designar aquello que observamos; no lo materialmente poseso sino esencialmente cuestiones entre personas.
Lo que vengo viviendo, entonces, ahora que hago esa idea preliminar para algo que no es una idea, es un tránsito más apacible en mi interior, en donde se mezclan mis palabras y mi torrente sanguíneo. La sensación de que las palabras que pronuncio son parte de mi sangre, son esencialmente igualables a los movimientos que hago. Está claro para mí que eso es así, pero saberlo siempre no significó exactamente que yo lo sintiese genuinamente. Hace mucho no escribo algo acá, algo mío, algo "de" mí, un pequeño rastro, una identificación, una experiencia. Esto, particularmente esto escrito, es como si mi cúmulo de experiencias viniese abrazando ciertas ideas que ubiqué en algún horizonte mental del pasado. Las rutas siempre me proyectan a un horizonte. Una ruta, en el medio de la nada, la cuestión de una dirección arbitraria en el medio de lo ininterrumpido. La misma ruta que atravieso a dedo, la misma que de noche cambia singularmente su sentido para conformarse en una metáfora del camino de mis miedos y mis ansiedades más primitivos, aunados al inevitable destino de una ruta en la oscuridad: una nada formidable, apacible, silenciosa y débil... y un poco más allá, quizás cuando empiece a salir el Sol... un pueblo.