Un extraño palpa mis problemas - 2008 12 30

Un extraño palpa mis problemas

Ayer Lunes, a eso de las 11:15 iba caminando por Av. Callao al 1000 masomenos. Iba en camino a terapia; generalmente cuando camino “a terapia” mi viaje entero (la ida, la sesión y la vuelta) se parecen a un menú de comida. La ida representa algo así como una entrada. Mientras camino por la calle, por esas calles que ya conozco mucho, ideas se van hilvanando solas. No son “las” ideas: son ideas, son como me gusta llamarlas a mí: pensaciones, o sensamientos. Son mezclas raras y complejas: asociaciones, no exactamente “baratas”, pero sí de entrada. Me hacen de entrada al plato principal, que es la sesión. Creo que a este punto quedan claro dos cosas: 1) Tengo un grado de simbolización considerable y soy lúcido respecto a ello. 2) Me encanta la comida.

Así que iba ayer, Lunes 11:15 caminando por una de estas calles “del lado de la calle que recibe la sombra de los Lunes a las 11:15” pero con una particularidad: portaba mi mochila “de mochilero”, una mochila relativamente grande y vistosa por su amarillosidad. Sí, me encanta que sea vistosa y me encanta el color amarillo. Me representa.

Antes de salir de mi casa, a eso de las 10:35 mi hermana me preguntó a dónde iba. “A terapia” – le dije. “¿Y por qué la mochila?”, retrucó ante la evidencia. “Es que acá llevo mis problemas”. Creo que me entendí yo más que ella; no, mentira. Esbozó una sonrisa cómplice. “Los” problemas, “mis” problemas… ¿de quién? ¿Hasta quién?

Y sigo remontándome. Lunes, 11:15, yo caminando con mi mochila grande y vistosa por su color amarillo que me representa a la sombra que ilumina el lado de Av. Callao al 1000 en mi entrada hacia el plato principal… cuando de repente, detrás de mí escucho: “Chst chst, ¡pibe!”. Hago caso omiso, ya que el “pibe” se expande hacia hipotéticas y posibles múltiples personalidades que asomábamos en la mañana de ayer. “Pibe”, había muchos pibes. ¿Por qué yo? Y sigo caminando… cuando a los segundos, vuelvo a escuchar: “Chst chst, ¡pibe!” Reflexiono internamente “Bueno, al fin y al cabo yo soy un ‘pibe’. Podría ser yo, ¿no? Y sí, quizás si tan solo me doy vuelta podría resolver el misterio”. Así fue… y todos se regocijaron…

…Con la peculiaridad que el misterio que tenía por resolver era más grande. Se hizo presente ante mí un señor de unos cuarenta y cinco años, con canas, un poco de barba, uniformado con traje. Un tipo prolijo, con la mirada atenta, un porte respetable y normal… hasta que se me acerca. Se acerca y aferra una de sus manos a mi mochila, inquiriendo: “¿De cuánto es esta mochila, pibe?”. En ese punto creo que me di cuenta de absolutamente todo lo que iba a pasar después. Al principio pensé de él lo evidente, le puse una etiqueta del tamaño de mi mochila y luego reflexioné y me tranquilizé con una pensación: “Sólo está tocando mi mochila”.

En una audaz estrategia para remover su mano de ahí, y como no recordaba realmente el litraje, me la saco y la exploro: “Signature 70”, leo. Le respondo: “Tiene setenta litros”. Lo que dijo a continuación fue seguido por un inquietante y perturbador examen “de mochila” de su parte, donde quizás sus dos manos no le alcanzaban para ver cómo era: “Ah sí, no, porque yo estaba buscando una así ¿viste? Pero setenta litros… no, es muy grande para mí esta mochila. Yo andaba buscando algo más chico… no sé, vos, ¿sabés si hay más chica? Porque yo necesito en realidad una más chica, como de cuarenta litros. Esta es grande para mí”. Lo que primero pensé es que “esta”, “esa”, era MI mochila. ¿Por qué estaba hablando de “esta” mochila que era muy grande para él? Había algo ahí que seguía perturbándome. La mochila era mía y yo lo sabía. Pero no sabía si él lo había entendido desde el principio, o sus manos me invitaban a pensar lo contrario.

“Sí, hay más chicas. De hecho, yo tengo una que es esta misma mochila pero más chica, no tiene cuarenta, tiene treinta y cinco litros, pero va muy bien.”

El tipo pareció medianamente complacido, y yo traté de hacer un ademán con el cuerpo como para separar mi marcha de la suya. ¡Pero ahí no terminaba el asunto! Lo que siguió fue muy raro… fue este señor palpando y tocando la mochila como si fuera suya. No abrió ningún bolsillo, pero ¿pueden percibir lo que sería que alguien extraño esté tocando algo de ustedes sin su expreso consentimiento? Bueno, así me sentía en parte yo. Y al mismo tiempo me sentía igualmente tranquilo: “Sólo está tocando mi mochila.” El hecho que no intentase más que tocarla, palparla con el tacto, de alguna manera me servía de garantía de que no estaba pasando mucho más que eso y no tenía por qué alarmarme. Al fin y al cabo, era un Lunes a las 11:25 en Av. Callao… y había gente. Y sí, eso también me tranquilizaba. Pero fue relativamente así como siguió la situación: el señor tocando mi mochila, yo espectándolo al mismo tiempo que observándolo al mismo tiempo que vigilándolo al mismo tiempo que tranquilizándome al mismo tiempo que relajándome… porque solo estaba tocando mi mochila. Finalmente, el señor pareció ya conforme con su exploración táctil. Parece que su búsqueda había finalizado. O había encontrado lo que esperaba encontrar en mi mochila. Quizás él también se representaba con el color amarillo. Quizás a él también le gustaba caminar del lado de Av. Callao en el que un Lunes a las 11:25 ilumina la sombra. Quizás no esperaba que yo lo dejase tocar mi mochila, “porque solo la estaba tocando”. Quizás a ese tipo también le encanta la comida. 11:30. Mi inconciente se acerca pacíficamente a mi conciencia y me invita: “Señor, el plato principal está listo.” Toco timbre… 1, 3, 5, “Hola Isabel”. Subo por el ascensor. Toco timbre nuevamente… y comienza mi sesión.

Paradigma mental - 2008 12 25

Paradigma mental


Usualmente nos guíamos por nuestra vida cotidiana con un “paradigma mental” predominante en base a las vivencias, experiencias y conocimientos que tenemos acerca del mundo basados en nuestra historia personal.

Un paradigma mental puede entenderse como aquellos círculos, nodos, entrelazamientos de sensaciones, experiencias previas y conocimientos que se ponen en actividad a la hora de involucrarse en el mundo de una situación. Con “el mundo de una situación” me refiero al entendimiento de los escenarios que la realidad cotidiana nos brinda día a día. Las personas, lo material, lo simbólico, la trascendencia. Involucrarse está referido particularmente al poder activo del paradigma mental. “Activo” entendido a nivel de la acción, de aquello que hacemos con nuestro cuerpo para producir algún cambio en “lo real”. Lo real: cualquier cosa, pero esencialmente una situación de la vida donde nos sentimos involucrados en materia de cuerpo. Cabe aclarar que entiendo por “cuerpo” TODO esto que somos. Cuerpo es mente es alma es conciencia es espíritu es conducta es comportamiento es inconciente, es TODO. Esta asunción a priori tiene que ver, dentro de mi paradigma particular, con el sentido de circunscribirnos a la realidad “cotidiana” del día a día. Y creo, siento, pienso, vivo que el cuerpo en lo cotidiano, en lo real, se vuelca infinitamente. Con esto no me estoy desentendiendo de la posibilidad del cuerpo de accionar en dimensiones o realidades alternativas. Creo fehacientemente que así sucede. Lo que quiero salvaguardar ante todo y para no crear una visión pobretonamente “práctica” del asunto, es que rescato de ese aspecto expansivo e infinito lo que atañe a nuestro cuerpo en el mundo.

Entonces, recapitulando: nos sumergimos en lo real, siendo parte de lo real. SOMOS lo real, la neurosis y otras difamaciones del sentido de la vida nos instan a pensar (y tienen razón, solo que no tenemos por qué vernos viciados por ello) que hay una separación entre aquello que ocurre en lo que entendemos como nuestras mentes-cuerpos (falsa disociación de “la persona”, digo yo) y eso que sentimos que “pasa ahí, en la realidad”. Yo tomo como punto de partida que no hay algo que sea necesariamente distinto de lo que somos nosotros viviendo la realidad en la manera que tenemos de vivirla. Cuando alguien reflexiona existencialmente, está cobrando la capacidad de admitir que hubo algo ahí, en su historia, que fue la decisión (aún sin que la persona lo sepa) de vivir la realidad de tal, cual o tales o cuales maneras. Que hay algo que no nace esencialmente del cuerpo ni tampoco del mundo sino del entrelazamiento entre ambos, y esto sería en primer término el concepto de paradigma mental. Porque hay una realidad también, y es que todo lo que ocurre en nuestro cuerpo tiene algún tipo de inscripción mental. Ya sea en la memoria figurativa (imágenes, recuerdos), en el mapa neuronal (pensamientos acerca de la realidad), etc.. No podemos escapar al hecho de desear procesar simbólicamente todo cuanto nos acontece. De tratar de darle sentido, en tanto que darle sentido se entiende como darle forma. Es que es así lisa y llanamente… o sino, ¿por qué habría de estar escribiendo esto? Está claro que precisamos de alguna manera el sentido de expresión, de figuración de lo real en algo más, algo que escapa a lo real a la vez que representándolo de una manera incompleta pero aceptable y singular. La manera más común, claro, es el lenguaje. Aquello que nos permite expresar en términos comunalmente convenidos “eso que vivimos”, esa parte de lo real que evidenciamos en nuestras vidas. El lenguaje en ese sentido sería el motor del paradigma mental, pero ¡ojo! No el lenguaje entendido simplemente como “la lengua, el habla”. No solo las palabras. El lenguaje entendido como entramado de significaciones. Y esto abarca no solo palabras, también imágenes (ya que son significaciones de lo real ellas también), también emociones y sentimientos (son las formas elementales de vivir lo real acunado en un paradigma mental). ¡Ah! Claro, es que tampoco deberíamos confundir “mental” como “racional” o “cognitivo”. Todo lo contrario, la mente en el sentido que trato de esbozar está captando absolutamente TODO. Ahora me viene a la cabeza uno de los principios del Hermetismo, según “El Kybalión”: que El universo es mental. Esto no puede ser ni mucho más ni mucho menos atinado que lo que es. Nosotros de alguna manera tenemos la particularidad de vivir lo mental medianamente limitados a nuestro cuerpo. Pero también podemos salirnos de lo mental “en nosotros” y explorar la realidad intersubjetiva, global, cósmica, etc. En definitiva, no importa tanto a lo que ahora expongo, pero vale tenerlo en mente –qué redundancia, “tener la mente en mente”.

Entonces tenemos: paradigma mental, decisiones, cuerpo, la mente que registra todo. Y la acción, que tampoco tiene que entenderse simplemente con el movimiento del cuerpo en lo real, ya que eso es solo un tipo de acción, acción corporal. La acción entendida como cualquier intento por parte de la persona para movilizar algo de lo real. Ahora me acuerdo del libro de Austin “Cómo hacer cosas con palabras”. Es un claro ejemplo del poder de justamente, lo que decía que es nuestra forma preferida de “figurar lo real”: la capacidad del lenguaje de contener y desplegar acciones sobre cualquier situación.

El paradigma mental es un escenario interno que nos permite superponer nuestro cuerpo en lo real y vivirlo de una manera incompleta pero sincera, errática pero segura, paradójica pero cierta. Es una forma de entendernos en el mundo que vivimos.

Naturalización y paradigma mental - 2008 12 26

Naturalización y paradigma mental .


Naturalización… necesariamente hay algo de “lo natural” inscripto en el término. En tanto “ción”, podemos empezar a entenderlo como un proceso, proceso que involucra “lo natural”. Y por natural, podemos entender determinado estado de las cosas, de lo real. Natural tiene un tinte que decanta de discusiones que giran en torno a “lo natural – lo artificial”. No es esa la acepción que se comparte aquí. Natural, en estos parámetros, tiene que ver con “un estado de las cosas”. Algo que está impregnado en una realidad como parte de ella. En ese sentido, todos somos “naturales”. Todos estamos inmersos de alguna manera en las realidades del mundo. Con “todos” me refiero a todos, a cada uno de ellos. Las personas que se considera sufren “enfermedades mentales” que supuestamente los hacen disociarse de la realidad cotidianamente aceptada, también están conectados con las realidades. Quizás otras, probablemente realidades que no nos gustan, que nos hacen sentir incómodos porque para nosotros, no tienen que ver con “el estado de las cosas”.

Cuando todos estamos inmersos en las realidades… nuestros sentimientos, nuestros pensamientos, todo lo que conforma a todos está en un juego de superposiciones con esas realidades.

En una forma metafórica, “lo que aprendo en una realidad, lo aplico a otra”. En situaciones donde tenemos un grado significativo de aprendizaje (emocional, espiritual, cognitivo), entra en juego la memoria psíquica-neuronal. Hay una inscripción simbólica y neurológica que hace que la experiencia, lo vivido entre a formar parte del bagaje de “historia de vida” de la persona.

“Ción”… alude a movimiento, a proceso. En este sentido, naturalización se entiende como “aquello que se moviliza hacia el estado de las cosas”. Esto es… aquellos sentimientos, pensamientos, vivencias, experiencias, preconceptos, prejuicios, que se portan en la mochila de la “experiencia vivida” y se proyectan como reales en las situaciones de la vida. Es aquello que, aprendido e innato, no importa cómo, se empieza a volcar de realidad en realidad como un status quo afirmado por el propio ego. Es algo que queda materializado en nuestra forma de sentir y pensar. Y en tanto es algo que tiene tanta fuerza, tanto peso, a su vez es un proceso con doble filo. De la naturalización nacen formas de inscribirnos simbólicamente, de nosotros y hacia nosotros.

“Naturalización” es una forma de decir “aquello que determino en mi cuerpo en base a la realidad en la que estoy, comienza a ser una ley necesaria en mi manera de vivir”.

Demasiada teoría… un ejemplo que se me dispara en estos momentos de fiestas.

Generalmente llegan las fiestas y a todos “les nace” el espíritu navideño de bondad, solidaridad. Entonces vemos por los medios que se originan numerosas campañas y actos de beneficencia, de donaciones, de “dar”, aunque dar siempre lleve algún nombre propio, algún logo o alguna cara cómplice e interesada. Y generalmente es “de los que más a los que menos”, en general la solidaridad se maneja de esa manera. Hay un grupo en las realidades que se manifiesta con “menos de” algo y otro con “más”. La solidaridad entonces es ir “de los que más a los que menos”. Donar, dar, sentirse “más” siendo “más” y dándole a los que “menos”.

Acá, quizás lo hayan notado ya, se está operando con naturalización. Naturalización de “los que menos”, naturalización de “los que más”. Obviamente que es muy complicado y no por esto intento desprestigiar o deshonrar estos actos de “solidaridad”, pero no por eso voy a dejar de echar el ojo crítico. “Los que más” operan en la realidad con un concepto estancado de “los que menos”. Y operan de un modo particular: en vez de enseñarles a “ser más” (a producir más, a aprender, a crecer), generalmente la idea es “como yo tengo mucho y vos poco, yo te doy y me siento feliz porque estás disfrutando algo mío”. Sé que debe ser duro mirarlo cínicamente de esta manera, pero así también conforma una realidad. Llevándolo a un ejemplo moralizado de mi vida: a mí me disgusta mucho ver personas simplemente pidiendo plata en la calle. Me parece que están inscriptos en una forma de “pedir” naturalizada. Ellos se ven condenados a “no ser nada”, por lo tanto el único recurso que les queda es “tratar de hacer que los otros vean que no soy nada, para que me den de su mucho y yo tenga un poco”. Sé que es duro verlo así, pero para compensar y darle sentido a mi juicio, presento otra situación muy distinta: cuando tomo el subte en Los Incas (línea B) generalmente en alguna estación se suben unos niños que por su aspecto, por su ropa pueden ser entendidos como “de bajos recursos económicos”. Estos niños de alguna manera consiguieron unas pelotas de tenis. ¿Qué hacen? Tratan de hacer algo con esas pelotas. Hacen malabares. Quieren entender que pueden inscribirse tratando de hacer algo. Hacen malabares con las pelotas de tenis haciendo sin saberlo malabares con su condición de vida. Pero acá es diferente: acá hay un niño que tiene la intención de granjearse el cariño o el afecto. Sí, también las monedas. Pero hay alguien haciendo algo en esta realidad, tratando de generar al menos un escenario de distracción o en lo posible entretenimiento. Algo que le brinde una pequeña porción de vida a las personas que lo miran y como mínimo, lo aplauden (¡cómo odio que no aplaudan a las personas que hacen entretenimiento en los medios de transporte!). Un ejemplo menos trágico, o quizás el ejemplo de alguien que empezó con las pelotas de tenis y pudo prosperar, es el ejemplo de los músicos. Un músico tiene algo más que “unas pelotas de tenis”. Pero la forma sigue siendo la misma: “yo vengo aquí a compartirles algo, a tratar que vivan un lindo momento. Un momento de distracción, de atención en algo que es obra mía, que es tocar esta música, cantar esta canción.” Nadie es boludo y todos saben que un músico al final de su “acto” pasa la gorra, y por más que las monedas no representan simbólicamente el cariño o el apego que nos despertó su música, está bien darle unas monedas. Porque ese tipo al menos con las monedas, puede seguir haciendo lo que decidió: puede mantener su instrumento, puede seguir llevando el mensaje.

Estos dos ejemplos contrapuestos (el de la persona que simplemente pide, y el de las personas que tratan de ganarse algo haciendo algo) muestran una visión distinta, una naturalización distinta de la realidad.

Esto mismo pasa con el aire de solidaridad de las fiestas. Una cosa es beneficencia y otra es tratar de hacer algo que dure en el tiempo. Una cosa es regalarle un pan dulce a una familia que vive en la calle: otra muy distinta es tratar que esa familia incorpore algo, alguna manera, alguna forma honesta y sincera de producir algo y obtener algo a cambio. Generar un aprendizaje que por lo menos les brinde algo, les permita dialogar con la dura realidad en base a algo que hayan aprendido.

El ejemplo clásico para ilustrar esto es plantearse si estaría bien darle un pescado a una persona que no tiene para comer. Y claro, la reflexión es: ¿por qué no mejor enseñarle a pescar? Al fin y al cabo nosotros sabemos pescar. Ellos no, o asumimos que no porque no tienen pescado. O si saben y no lo hacen, quizás necesiten motivación. O una pequeña caña para comenzar. ¿Quién sabe? ¿Por qué no hacerlo? Entonces, tratamos de romper con la naturalización de que los pobres “no saben”, que no saben lidiar con la realidad, que no pueden aprender algo que los haga intentar conseguir algo en su vida. Algo honesto, algo sincero y por medios y con fines aceptados, ¡claro! Nadie quiere enseñarle a nadie a robar. ¿Pero por qué no enseñarles a pescar?

Naturalización en la pobreza es el arte y la técnica de hacer que un grupo de personas siga dependiendo de que nosotros les llevemos el pescado.

No, momento. Naturalización puede ser otra cosa. Enseñarles a pescar también sería naturalizar. Pero sería una visión distinta, una significación distinta de la realidad. ¡Ya está! Naturalización en la pobreza es sostener de una y otra manera que los pobres van a seguir siendo pobres toda su vida. Es nada más ni nada menos que eso y todas las acciones, actitudes, sensaciones y pensamientos que ello acarrea.

Naturalización y paradigma mental no son sinónimos pero están entrelazados. En la medida que naturalizamos, lo que naturalizamos queda inscripto en nuestra manera de ver el mundo. Si para nosotros los pobres son los que “no saben”, poco podremos preguntarnos si podríamos –metafóricamente- “compartirles la enseñanza de pescar”.

Ahora sí: naturalización es el proceso en que formamos nuestro paradigma mental. Es la forma de lidiar con las realidades que modelan las ideas de mundo que subyacen en nuestras mentes.

Cuerpo y mundo - 2008 12 11

Esto lo escribí luego de terminar de cursar este año de Facultad. Acá va la reseña que escribí en el mail donde mandé el escrito.

El cuatrimestre pasado cursando "Historia de la Psicología" di con un autor que me apasionó: Maurice Merleau Ponty. Está en la línea de Heidegger, Sartre y demases existencialistas.

Hoy de la nada empezé a recordar alguna de sus "propuestas" y se me ocurrió reflexionar en algún punto sobre la existencia. Así que me puse a escribir, haciendo una ensalada sobre la concepción de este autor sobre el cuerpo, la concepción de Heidegger que ubica al Sujeto en un espacio-tiempo (en el texto aparece como "ser ahí") y la concepción sartreana de la Responsabilidad (que es otro mundo de concepto que este año adquirió un giro impresionante en mi manera de vivir)

Quería mandarles lo que escribí. Quizás no se entienda nada, pero creo que es una buena propuesta para mantener el cuerpo unificado "al mundo". Para nunca desentendernos de lo que vivimos en las situaciones. "Nunca desentendernos": nunca creer que las cosas se manifiestan independientemente de lo que hagamos. Nunca creernos indefensos, víctimas y faltos de dirección en el mundo. Esto es, para asumir una dirección que no es cerrada ni perfecta, pero mantiene al cuerpo unificado con lo real (ok ya estoy limando). Ojalá algo les haga eco.




Cuerpo y mundo

La dimensión de la existencia podría equipararse a aquello que se muestra inmediable entre el mundo y nuestros cuerpos. Eso ante lo cual no hay mediación ni experiencia particular previa. Por experiencia particular previa, entendiendo un cúmulo suficiente de acontecimientos vividos que logran una memoria esquemática sobre determinadas situaciones de vida que empiezan a jugar tipificadas en la memoria psíquica-neuronal. En este punto donde no hay una mediación exacta entre el cuerpo y lo real (el mundo “de afuera”) insisto en un punto de fusión entre el cuerpo y ese mundo. Cuerpo y mundo constituyéndose en el acto de existir. Existir tiene que ver con volcar el cuerpo hacia ese mundo del cual somos parte con nuestros sentidos unificados (y nunca disociados, como propondría Descartes con “res cogitans / res extensa”).

La dimensión de la existencia es relativa al “ser ahí”, a manifestar en materia de cuerpo (y con cuerpo me refiero al cuerpo completo unificado) aquello que se inscribe en lo real, y a manifestar lo real inscripto en materia de cuerpo. Aquello que “nos queda” de la experiencia de existir, de las vivencias: aquella memoria, cúmulo que se va generando y auto-expandiendo queramos o no a lo largo de nuestra vida.

Existir tiene que ver con fusionar el cuerpo en el mundo, en las situaciones. “Ser ahí” en un sentido sartreano es responsabilizarnos (como Sujetos corporales) por las configuraciones de espacio tiempo y subjetividades en las que nos involucramos en el día a día. Quizás por eso Sartre alegó que nunca sintió haber desperdiciado un día de su vida. El sentido de la existencia tiene que ver constantemente con “vivir el mundo en y con el cuerpo”, con el encuentro infinito entre ambos.

Siguiendo con Sartre, decanta de todo esto que nunca podemos desentendernos de nuestro cuerpo en el mundo. “Ser ahí” tiene que ver con desplegar el potencial humano situación por situación. No se trata tampoco de dejar los prejuicios o las experiencias previas de lado, porque si no no habría aprendizaje retroactivo posible. Se trata más bien de tratar cada situación como “nueva”, mientras la memoria psíquica-neuronal hace el resto. Esto es, activa los comportamientos y pensamientos que “encajan” con esos parámetros de realidad en situación desplegados o que desentonan e instan al Sujeto a reformular y expandir el cúmulo de experiencia vivida que lleva inscripto en el cuerpo. El grado en que nos predisponemos a mantener nuestro cuerpo en constante cambio (nuestros esquemas emocionales y cognitivos), en la medida que no tenemos miedo de desaferrarnos de determinados prejuicios y sensaciones sabiendo que siempre mantendremos la unidad y la cohesión, podremos encarar una de las tareas más esenciales en el proceso de vivificación de la existencia: la apertura corporal al mundo. La posibilidad de integrarnos cohesivamente en el mundo, a la vez que siempre el mundo se integrará a nuestro cuerpo. Un proceso de autoexpansión del Universo intersubjetivo.


Meridiano - 2008 5 20

aMok

Meridiano nació desde adentro hacia afuera. A pesar de la clara tendencia de "apuntar hacia un lugar", la idea que empezó a hacerse ver en mis ojos era la potencial rotación del dibujo para ver observar distintas dimensiones o direcciones. Esto dado por los colores "que apuntan", por la dirección general de las líneas o por la relación entre los distintos "contenidos" (cómo se estructuran de horizontal y verticalmente en relación a los demás contenidos).
Así le encontré tres planos que los firmé en forma de "Instrucciones". Obviamente se me ocurrió dejar la imagen en el plano que no encontré, no por poder o no haber visto algo, sino porque me pareció el plano menos creador y el más regresivo.

Los peces no miran al cielo - 2008 11 25

Desde el fondo del océano el pez no puede elegir mirar hacia el cielo

Condenado está a ver desde el fondo del océano

Y juzgar… las alturas con recelo

Las espumas de las olas y la envidia a la tormenta

Que llueve y reboza ese mar, gotea hacia las profundidades

Y cuando llegan al pez, receloso, lo acarician; lo miman

Y el pez, desde el oscuro fondo del océano... condena a las nubes.


aMok